Más bien, al vivir la verdad con amor, creceremos hasta ser en todo como aquel que les la cabeza, es decir, Cristo.
Efesios 4: 15
Estaba sentada en un restaurante de comida rápida, sólo habíamos cuatro personas además de los trabajadores, de pronto entró un joven de unos dieciocho años, se veía algo extraño e inquieto, se sentó, fue al mostrador; pude alcanzar a oír que pedía te, le dijeron que no había, se sentó nuevamente medio ido con la cabeza hacia abajo; después se levantó y se fue; luego regresó, se volvió a sentar y literalmente los cuatro salimos huyendo pensando de que el muchacho nos podía hacer daño.
Me pregunté: ¿Qué está pasando con nuestra sociedad?, ¿Dónde está la misericordia?, ¿Dónde está el amor al prójimo?, ¿Qué hubiera hecho Jesús en una situación así? La respuesta la hemos leído en los evangelios una y otra vez.
Cuando recapacité ya era muy tarde, regresé pero ya no vi al muchacho, lloré, oré y le pedí perdón a Dios de no haber reaccionado de la manera que debí: como una hija de Dios; huí como un cobarde en lugar de haberme condolido de este joven. Entiendo los peligros de nuestra sociedad y el temor que dan ciertas situaciones, pero esto no me exime de sentir mucha pena y vergüenza de mi misma.
Hasta ahora no me había dado cuenta de este sentimiento de cobardía que había en mí, le doy gracias a Dios por esta situación, ya que si queremos crecer hasta ser como Cristo debemos despojarnos del miedo, del temor y de la inseguridad para no salir huyendo, sino más bien enfrentar la situación con la seguridad del Poder que tenemos en Cristo Jesús.
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